La gente mira al 9 porque es lo bonito. El gol, la portada, el fichaje del verano. Nosotros, los que dirigimos clubes desde el lado de negocio, miramos un poco más atrás. Miramos al 6.
En el campo, el 6 es el que equilibra. El que recupera, el que da el primer pase, el que hace que los de arriba puedan jugar tranquilos. No sale en los resúmenes. Cuando hace bien su trabajo, casi no se le nota. Fuera del campo funciona igual. El 9 es el área deportiva, lo que todo el mundo comenta el lunes. El 6 somos nosotros: los que nos aseguramos de que haya presupuesto para competir, de que el estadio esté lleno el domingo, de que los contratos estén firmados y de que, cuando el equipo salga al campo, no le falte nada.
Lo decimos porque en el fútbol se ha instalado una idea peligrosa: que el club es el primer equipo y poco más. Que si el proyecto deportivo funciona, lo demás llega solo. En la práctica es al revés. Un club que no tiene resuelto el 6 vive con el agua al cuello aunque gane. Depende de vender un jugador cada verano, de que el playoff salga bien, de un ingreso extraordinario que tape el agujero ordinario. El día que el balón no entra, se cae todo.
Nos gusta pensar el trabajo así porque ordena las prioridades. Antes de preguntarnos a quién fichamos, nos preguntamos si el club puede sostener a quien ya tiene. Antes de pensar en crecer, miramos si la estructura aguanta el tamaño actual. El 9 marca los goles. El 6 se asegura de que haya partido la temporada que viene.
No es una cuestión de modestia ni de reclamar mérito por lo invisible. Es una cuestión de dónde se decide de verdad el futuro de un club. Y casi siempre se decide lejos del foco.